Ya sabéis donde lo dejamos... mejor no comentar mucho, podemos romper el mágico momento.
Nuestro caballero blanco se encontraba en una situación en la que jamás se había encontrado. Tenía a su dama delante, a su princesa, con la que había tenido mil conversaciones mientras ambos cerraban los ojos, con la que había averiguado que las mujeres de tez morena pueden ponerse coloradas… y un largo etcétera con el que sé que vuestra paciencia alcanzaría su límite.
La mano, que segundos antes sostenía la identidad de la muchacha se hallaba ahora en una situación en la que nunca antes se había encontrado. Sus dedos, largos y hábiles se hallaban enlazados con otros pequeños y de una suavidad que jamás antes había notado. Nuestro amigo se dio cuenta de que no sabía que hacer, así que dejó que su instinto le guiara y poco a poco su mano se fue cerrando entorno a las pequeñas manos de su dama.
Ella, al cabo de unos interminables segundos se dio cuenta de que llevaba demasiado tiempo conteniendo el aliento así que lo soltó en un interminable suspiro que alcanzó a su caballero en pleno rostro. Aunque ella no lo supo entonces, apenas unos hilillos de ese suspiro no alcanzaron a nuestro caballero y se perdieron en la inmensidad de aquella plaza, dejando a su rastro un pequeño hálito de felicidad que hacía sonreír a todo el que pasaba por allí.
Mientras nuestra conocida dama exhalaba aquel interminable suspiro, nuestro caballero se encontró de bruces con la felicidad más absoluta y quiso que ese suspiro no acabara. Pero desgraciadamente acabó. Eso sí, desde entonces, cada suspiro que su princesa exhalaba ante él, procuraba atraparlo para así revivir de una manera lo más fiel posible, un momento a todas luces irrepetible.
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