viernes, 7 de noviembre de 2008

La dama sin identidad (4)

Seguimos con la tierna historia de nuestro caballero casi oscuro y nuestra desconocida dama.

 

Nuestra desconocida dama dejó de reírse cuando comprendió que en el fondo no era un amigo imaginario, pues mientras reía había visto por casualidad a un tipo vestido todo de negro con un calcetín blanco y riéndose como quien ríe la primera vez. Pero lo que la convenció no fue este hecho, pues hay muchos despistados. Lo que la dejó helada fue ver lo que tenía en la mano aquel tipo. No le preguntéis como, no sabrá contestar, pero supo que aquello q sostenía en la mano era su propia identidad. Se quedó tan seca que dejó de moverse, el mundo dejó de girar, aquel tipo tan extraño dejó de sonreír, las palomas dejaron de bombardear a los necios con sus deposiciones, los girasoles dieron la espalda al sol, los cantautores olvidaron las letras de sus canciones y sus guitarras sonaban al revés.

Nuestro caballero casi oscuro compartió el frío de la identidad q sostenía en su mano y sintió un fuerte tirón… Notaba como tiraban de ella con una fuerza que solo podía provenir de la propietaria. ¿Tan cerca estaba? Volteó la vista y la vio, cogiendo su bolso con ambas manos, tensa como si hubiera visto un fantasma, asustada como el niño que con nocturnidad y alevosía se cuela en el salón para ver por primera vez una película de la Hammer.

A pesar de la situación, a pesar de encontrarla en ese estado semicatatónico, nuestro caballero casi oscuro recuperó la sonrisa. Pero ya no era esa sonrisa de quien sonríe por primera vez, era la sonrisa de quien por primera vez tiene verdaderos motivos para sonreír y lo hace con una calidez propia de una velada junto a una inmensa chimenea mientras los copos de nieve golpean contra las ventanas.

Nuestra desconocida dama, tiraba con todas sus fuerzas, con todo el espíritu que le quedaba cuando vio al captor de su identidad mirándola y sonriéndola como nadie antes lo había hecho. No pudo dejar de sonreír y todo volvió a su estado natural.

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