Dejamos a nuestros protagonistas muy bien acompañados de una pobre niña con un problema muy serio...
Cuando la niña ya estaba más que consolada y su risa se unía a la de nuestra dama, aparecieron dos hombres que dijeron ser tíos de la pequeña. Uno de ellos, un tipo inmenso, la cogió en brazos subiéndola a sus hombros, lo que la niña agradeció alborozada. El otro tipo, un hombre extremadamente bajito despotricaba sobre lo fácil que era perder a un niño en un sitio como aquel. Mientras caminaba enredó su pie entre los cables de un puesto y cayó estrepitosamente. La niña rió con ganas mientras el pobre hombre trataba de desenredarse.
Continuaron andando y llegaron, como sin quererlo pero sin poder evitarlo, a la Plaza Mayor. Pese a estar llena de gente, de pintores, de músicos, de payasos, mimos y actores, la plaza conservaba el encanto que aquella noche había sido tan mágico. Se sentaron en una terraza y pidieron unas tapas para matar el gusanillo.
En ese momento, como salido de la nada, un caballero tocado con un gorro y con un gracioso acento francés, comenzó a tocar un vals con su acordeón. Ambos lo reconocieron: una hermosa canción de una conocida película francesa que a ambos les hizo sonreír y mirarse de forma cómplice. Junto al acordeonista, dos monos vestidos de época bailaban el vals con una gracia que para sí quisieran muchos bailarines.
La gente, encantada con la ilustre pareja, comenzó a dejar monedas en la gorra del músico, cada una de las cuales era agradecida con una ostentosa reverencia. La pareja hizo lo propio y regaló a los monos un plato de comida que fue recibida con alborozo.
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