Aquí tenemos la entrega de hoy, en un sitio tan mágico como es el cielo de Madrid
Llegaron a una inmensa azotea vacía. El caballero rodeó a la dama y desde su espalda vendó sus ojos con un suave pañuelo de seda.
La dama intrigada, se esforzó en concentrarse en sus otros sentidos. El oído no le decía nada en un principio. De repente comenzó a escuchar algo, suave y que llenaba sus oídos poco a poco. Conocía las notas. La primavera de Vivaldi, de una manera subliminal, comenzó a llenar su cabeza. Sonaba como si las notas no fuesen reales sino creadas en su cabeza. Al mismo tiempo, el olfato comenzó a hacer de las suyas. Un inconfundible olor a jardín llenó el ambiente, con tal variedad de aromas que le era imposible identificar lo que estaba oliendo. Abrió la boca y su gusto se llenó de una agradable sensación mentolada que refrescó su deliciosa boca. Abrió los brazos de par en par y en la yema de sus dedos comenzó a notar y a palpar lo que sus otros sentidos le insinuaban.
Su caballero le desató la venda que cayó suavemente por su rostro. En cuestión de segundos, aquella triste azotea vacía se había convertido en un jardín lleno de exóticas y aromáticas plantas. A la luz de la luna llena, todo parecía mágico, como aquellos últimos dos días.
Entre las flores, en un pequeño claro, una mesa baja, adornada con llamativos colores y dos pequeñas velas pardas con suave olor a canela les esperaba. Tomándola de la mano, el caballero la acompañó a la mesa y la sentó en un inmenso y mullido cojín con dibujos arabescos.
La dama en ese momento fue consciente de que nada había comido desde que aquel sueño empezase. Ni lo necesitaba ni había notado su ausencia, pero un simple acto como es el comer, estaba a punto de convertirse en algo mágico.
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