jueves, 6 de noviembre de 2008

La dama sin identidad (3)

Un nuevo capítulo de nuestro cuento. Dejamos al caballero oscuro sonriendo por primera vez en su oscura vida....

 

El caballero oscuro supo lo que se sentía al sonreír cuando escuchó a la desconocida dama reírse durante dos días. Desde que había comenzado a hablar con aquella dama, y aunque no quisiera reconocerlo su vida había cambiado. La neblina que siempre le rodeaba, la oscuridad que se cernía siempre sobre su espíritu había comenzado a dejar resquicios abiertos por los que pasaba una sonrisa, una frase agradable e incluso algún beso de la desconocida dama.

En el fondo la echó de menos durante los dos días que duró la interminable risa de nuestra desconocida amiga. No obstante, desde la primera carcajada todo cambió. Comenzó a sonreír y su mundo cambió por completo. Supo lo que significara que el sol se posara sobre su piel, que sus ojos se cerraran por la cegadora luz del mediodía. En un primer momento intentó paliarlo vendándose los ojos, pero tras el primer golpe supo que no era la solución. Era un hombre muy perspicaz.

Una tierna viejecita, cuando le vio tan apurado le regaló sus rayban. Que es lo que hacía una tierna viejecita con unas rayban ultimo modelo nadie jamás lo supo, pero a nuestro caballero no tan oscuro le vinieron bien para poder ver mejor el sorprendente mundo que se abría ante sus ojos.

El parque que había junto a su casa lucía de un color que jamás había visto… de hecho cuando lo vio se dio cuenta de que no había visto nunca ningún color. A través de la niebla que permanente le cubría desde que era un caballero oscuro, solo le llevaban insulsos tonos grises. Ahora, gracias a la risa de su desconocida víctima… podía disfrutar de la variedad de colores que la naturaleza le regalaba. Verde del césped, amarillo de las flores, fucsia del traje y corbata de un caballero que de rodillas solicitaba la mano a su enamorada, una dama muy maquillada y vestida con un llamativo vestido naranja que, haciéndose la sorprendida le decía que sí. En un gesto de coquetería parpadeo de una manera exagerada, con unas inmensas pestañas que levantaron tal ventolera que el peluquín del pobre pretendiente recorrió tres manzanas. El caballero no tan oscuro río a carcajadas viendo al pobre señor persiguiendo su peluquín mientras su ya prometida gritaba con una voz asombrosamente aguda.

Al continuar caminando se dio cuenta de que uno de sus calcetines, otrora oscuro, se había tornado blanco como la nieve mas blanca del monte bianco.

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