Después de un bonito concierto, observemos como sigue el paseo por las calles de Madrid... ¿por las calles? veamoslo.
Comenzaba a anochecer. El caballero se echó la guitarra a la espalda y cogió a su dama de la mano, en una carrera alocada y entre risas la llevó a un callejón cercano y allí aprovechó una escalera de incendios para subir al tejado de aquel edificio.
La tarde moría sobre los tejados mientras la pareja la veía agonizar sin poder dejar de observarla. Las estrellas, contentas de que aun continuara la escena regalaron a la pareja una noche clara como la de la noche anterior. La luna, aun resplandeciente, las miraba complaciente como una madre que cuida a sus pequeños.
El espectáculo que tenían enfrente era hermoso como pocos. Corría una brisa suave que apenas hacía mover el humo de las pocas chimeneas que se veían. No obstante, muchas de ellas, al observar a la pareja, comenzaron a hacer filigranas con el humo.
Una chimenea joven y alocada, aunque con mucho potencial artístico, dibujó una bandada de pájaros que rodearon a la pareja, que no paraba de sonreír mientras los miraba. Una vetusta chimenea, de las que ya no se hacen (o al menos eso presumen los dueños) quiso demostrar a la jovenzuela alocada que la experiencia es un grado, así que de un gran suspiro de humo blanco formó un inmenso dragón de dos cabezas, que lejos de asustar a nuestros amigos, los maravilló. El dragón dejó que los pajarillos de humo que por allí pululaban se posaran en su lomo y exhaló una bocanada de humo (de que otra cosa si no) formando un inmenso corazón blanco que no se movió de su sitio en 13 días, y porque una racha de viento a la que acababan de partir el corazón lo consideró una ofensa a su sufrimiento.
Ante ellos, un bosque de antenas y chimeneas se abría como inhóspito y salvaje. La luz de la luna clareaba todo de tal forma que daba a todo un tono azul pálido que creaba una atmósfera única. La pareja paseaba de tejado en tejado, saltando entre manzanas sin ningún esfuerzo. Saltando entre los mas variopintos tejados se sentían los dueños de la ciudad, y por primera vez en ese día, en la intimidad. Entre salto y salto no perdían la oportunidad de mostrar al cielo de Madrid lo que el resto de los madrileños habían observado durante el día, algo aun sin nombre que les había pillado tan de sorpresa que aun no habían despertado de ese sueño tan embriagador de los primeros besos.
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