Sigamos nuestro paseo...
Continuaron caminando entre los puestos, sin perder detalle de ninguno pero sin dejar de mirarse mutuamente, a veces de soslayo, a veces directamente. Cuando sus miradas se cruzaban no podían evitar sonreír de esa manera de la que se sonríe al principio.
Al cabo de un rato, encontraron a una pequeña niña, morena, con dos coletas muy cortas cogidas a los lados y unos grandes ojos. La pequeña lloraba desconsoladamente sentada en un bordillo. Nuestro caballero se acercó y se sentó a un lado mientras la dama secaba las lágrimas de la pequeña con un pañuelo blanco.
La pequeña les contó, entre pucheros, que por un descuido se había tragado un pedazo de goma de borrar con la que estaba jugando. Y es que lo que la pequeña temía era que se borrara por dentro, cosa que nos consta es muy delicada y difícil de arreglar. El caballero le pidió que abriese la boca. La niña se puso seria y la abrió. El improvisado médico observo detenidamente, con toda la profesionalidad que la ocasión lo merecía, la garganta de la niña y emitió su dictamen. No había problema. El trozo tragado era demasiado pequeño. No obstante le recomendaba reposo durante un día y que ese mismo día se tomara un trozo de miga de pan para prevenir.
No hay comentarios:
Publicar un comentario