martes, 21 de julio de 2009

He vueeeltooooo

Pues sí, estoy de vuelta. Parado y opositante, ocioso y viajante… en fin, sigo siendo yo.

Para los que esperáis (dejadme que sea iluso y piense que alguien lo espera) el final del cuento, os diré que se publicará en breve, después de la edición de… 1 ejemplar, jajaja.

Pero esto no acaba aquí, cuentos, acontecidos, opiniones de todo habrá por estos lares como siempre.

En fin, prometo ser un poco mas constante.

Un abrazo para todos y…. ¡¡nos vemos en los bares!!

martes, 25 de noviembre de 2008

La dama sin identidad (21)

Un capítulo especial para un día especial... ¡¡¡FELICIDADES!!!

Tarta

De repente, la plaza entera calló. El acordeonista cambió el rictus. De la melancolía del vals, pasó a una sonrisa de oreja a oreja. Conocidos acordes salieron de su acordeón. Toda la gente que se acumulaba en la plaza comenzó a cantar todos a una la canción que todos sabían. Nuestra dama se puso todo lo roja que se puede poner una persona de tez morena. Le habían cantado muchas veces cumpleaños feliz, pero nunca una plaza entera… y menos esa plaza.

Una sonrisa maliciosa acudió a la cara del caballero blanco. La dama lo miró incrédula, sin saber cómo se había enterado. No era algo que le gustara pregonar.

- Aun me queda un poquito de magia, princesa! –dijo guiñándole un ojo.

El camarero trajo una tarta cubierta de frutas con chocolate que, como panes y peces, dieron de sí para alimentar a toda la plaza.

Durante toda la tarde la música y la fiesta llenaron la Plaza. La gente bailaba y bebía, reía y disfrutaba como nunca. Nuestra dama y el caballero hicieron lo propio hasta que comenzaba a anochecer. Las luces se prendieron y la gente comenzó a abandonar la Plaza exhausta.

Poco a poco, quedaron solos de nuevo en esa plaza. Felipe III ya no se movió y comenzaron a caminar, sin que nada mágico pasase.

domingo, 23 de noviembre de 2008

La dama sin identidad (20)

Dejamos a nuestros protagonistas muy bien acompañados de una pobre niña con un problema muy serio...

 

Cuando la niña ya estaba más que consolada y su risa se unía a la de nuestra dama, aparecieron dos hombres que dijeron ser tíos de la pequeña. Uno de ellos, un tipo inmenso, la cogió en brazos subiéndola a sus hombros, lo que la niña agradeció alborozada. El otro tipo, un hombre extremadamente bajito despotricaba sobre lo fácil que era perder a un niño en un sitio como aquel. Mientras caminaba enredó su pie entre los cables de un puesto y cayó estrepitosamente. La niña rió con ganas mientras el pobre hombre trataba de desenredarse.

Continuaron andando y llegaron, como sin quererlo pero sin poder evitarlo, a la Plaza Mayor. Pese a estar llena de gente, de pintores, de músicos, de payasos, mimos y actores, la plaza conservaba el encanto que aquella noche había sido tan mágico. Se sentaron en una terraza y pidieron unas tapas para matar el gusanillo.

ViejoAcordeon

En ese momento, como salido de la nada, un caballero tocado con un gorro y con un gracioso acento francés, comenzó a tocar un vals con su acordeón. Ambos lo reconocieron: una hermosa canción de una conocida película francesa que a ambos les hizo sonreír y mirarse de forma cómplice. Junto al acordeonista, dos monos vestidos de época bailaban el vals con una gracia que para sí quisieran muchos bailarines.

La gente, encantada con la ilustre pareja, comenzó a dejar monedas en la gorra del músico, cada una de las cuales era agradecida con una ostentosa reverencia. La pareja hizo lo propio y regaló a los monos un plato de comida que fue recibida con alborozo.

sábado, 22 de noviembre de 2008

La dama sin identidad (19)

Sigamos nuestro paseo...

 

Continuaron caminando entre los puestos, sin perder detalle de ninguno pero sin dejar de mirarse mutuamente, a veces de soslayo, a veces directamente. Cuando sus miradas se cruzaban no podían evitar sonreír de esa manera de la que se sonríe al principio.

rastro2

Al cabo de un rato, encontraron a una pequeña niña, morena, con dos coletas muy cortas cogidas a los lados y unos grandes ojos. La pequeña lloraba desconsoladamente sentada en un bordillo. Nuestro caballero se acercó y se sentó a un lado mientras la dama secaba las lágrimas de la pequeña con un pañuelo blanco.

La pequeña les contó, entre pucheros, que por un descuido se había tragado un pedazo de goma de borrar con la que estaba jugando. Y es que lo que la pequeña temía era que se borrara por dentro, cosa que nos consta es muy delicada y difícil de arreglar. El caballero le pidió que abriese la boca. La niña se puso seria y la abrió. El improvisado médico observo detenidamente, con toda la profesionalidad que la ocasión lo merecía, la garganta de la niña y emitió su dictamen. No había problema. El trozo tragado era demasiado pequeño. No obstante le recomendaba reposo durante un día y que ese mismo día se tomara un trozo de miga de pan para prevenir.

viernes, 21 de noviembre de 2008

La dama sin identidad (18)

Allá va nuestra pareja por el castizo rastro de Madrid. ¿que nos encontraremos?

 

Cuando la pieza acabó, agradecieron a la viejecita sus servicios con una generosa propina. Siguieron su camino entre los pintorescos puestos.

Un payaso salió al paso de la pareja, y sonriendo a la dama la tomó del brazo y quiso llevársela ofreciéndole una inmensa flor de colores. La dama se dejó llevar siguiendo la broma del payaso, que miró hacia atrás y al ver al caballero solo decidió que hacían buena pareja. Regaló al caballero blanco una bonita pajarita de colores, para que animara su vestuario y dio su bendición a la pareja con una estrafalaria reverencia. Se perdió entre la gente dando volteretas y riendo como un loco.

Al pasar por un puesto de juguetes, sonrieron al observar a la pequeña Scrat peleándose con el dueño del puesto de frutos secos contiguo por una inmensa bellota. El señor de los frutos secos, tenía en la mano una bellota del tamaño de su puño y pretendía convencer a Scrat de que era suya y no podía devolvérsela más que por un módico precio. De nada alía al pobre Scrat convencer al dueño del puesto de que la bellota era de peluche y como tal le pertenecía. Triste vio que no llevaba dinero encima así que volvió a su sitio sin su bellota.

La dama se acercó al puesto de frutos secos y pidió la bellota de peluche. El dueño inmediatamente se la ofreció como regalo. Nuestra amiga le dejó una propina y una sonrisa y el señor se vio más que satisfecho.

Como ya sabréis, si conocéis a la dama como yo, la bellota fue a parar a un enloquecido Scrat, que feliz por recuperar su ansiado fruto, agradeció a nuestra amiga el gesto bailando feliz sobre sus hombros. La risa de la dama de ese momento quedó grabada en la mente de todos los que la escucharon.

jueves, 20 de noviembre de 2008

La dama sin identidad (17)

Un nuevo y esperanzador día para nuestra pareja... que pasará?

 

Apenas se hubieron vestido, salieron por la puerta, descubriendo un día sin nubes y con sol sorprendentemente cálido. Si bien la gente no les prestaba tanta atención como los días previos, un halo de felicidad les envolvía, haciendo sonreír, aparentemente sin razón, a los que les rodeaban.

Sus pasos se dirigieron al rastro en un día especial. Había menos gente que de costumbre, hasta el punto de que cualquier viandante que decidiera caminar entre los puestos no tendría que esquivar a nadie para seguir su camino.

Los puestos se hallaban repletos de oportunidades. Una gitana rubia de ojos azules presumía de que las vajillas que ofrecía aquel día, habían sido utilizadas por el mismísimo Marqués de Sade, en una cena que dio previa a una de sus muchas orgías.

En un puesto de antigüedades, atendido por un tipo con pinta de egipcio, tenía expuesto un adoquín que, según las malas lenguas, había sido robada de la nariz caída de la esfinge de Gizeh. Nuestra dama interesada en estos temas, tuvo una conversación muy interesante con aquel tipo. No obstante la pinta, el acento cerrado de aquel tipo les convenció de que de lo más al sur que podía ser, era Tarifa. Por guardar el secreto, el egipcio, como así pidió que le llamaran, le regaló a nuestra dama una pulsera que juraba había sido robada de la tumba del mismísimo Tutankamón por uno de los criados de Carter, antepasado suyo por parte de padre, añadió para dejar claro que la pinta de egipcio le venía de casta.

Junto a ellos, comenzó una viejecita, ataviada, como buena chulapa con un escotado corpiño, su pañuelo al hombro y redecilla en la cabeza, a tocar el organillo. Del viejo instrumento comenzaron a salir, no las típicas notas de chotis castizo, sino los familiares acordes de la canción que nuestro caballero había regalado a la dama.

La pareja, sin poder contenerse, se puso a bailar entre la gente. Nuestro caballero, tomando a su dama de la cintura y sin poder apartar su mirada de unos inmensos ojos negros en los que hacía tiempo se había perdido, era un hombre feliz.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

La dama sin identidad (16)

Ya sabéis mi filosofía, no comment.

 

Nuestra dama abrió los ojos. Una tenue luz se abría paso a través de su ventana. Se despertó como todos los días, con ganas de dormir más. De pronto un sentimiento de angustia se apoderó de ella. ¿Qué hacía ella en su cama? Lo último que recordaba era hallarse en la gloria, entre calurosas mantas y abrazada a un hombre que le había hecho pasar dos días de ensueño. ¿un sueño? ¿Todo eso fue un sueño? Abatida volvió a recostar su cabeza en la almohada, sin ganas de levantarse, y cerrando los ojos trató de dormirse y recuperar el sueño donde lo había dejado. Le era imposible dormir. Resignada abrió los ojos y se incorporó. En seguida cubrió su cuerpo desnudo con el pijama que halló a los pies de la cama. 

Abrió la persiana. Su margarita la esperaba para darle los buenos días con una sonrisa como solo las margaritas saben hacerlo. Ella sonrió y se dio la vuelta. Dispuesta a comenzar un nuevo día.

Se detuvo. Sin duda el sueño le habría jugado una mala pasada. Al darse la vuelta seguro solo vería la maceta, con apenas un esqueje y sin margarita que le diera los buenos días. Pero no, seguía allí. Sonriéndola. Agitando sus hojas con el suave rumor del viento.

Aspiró profundamente, intentando poner en orden sus ideas, pero algo se lo impidió. Un delicioso olor a bacón inundaba su habitación. Y de repente, como surgido de las tinieblas de un sueño que creía ya perdido, surgió su caballero, con una bandeja en la mano.

- Ah no señorita – dijo fingiendo un tono regañón y malhumorado. Lo hacía fatal-, no se mueva de la cama.

Sonriendo complacida volvió a la cama mientras su caballero apoyaba sobre sus rodillas la bandeja. Dos sabrosos huevos fritos y dos rodajas de crujiente bacon llenaban un pequeño plato del centro de la bandeja. A su lado, un plato más pequeño aun, con un croissant a la plancha y una pequeña tarrina de mantequilla. Y finalmente un vaso de zumo con olor a recién hecho.

Coronando la bandeja una pequeña nota manuscrita. “Gracias por tomarme de tu mano y hacerme volar”