Seguímos en el retiro con nuestros amigos... veamos que puede salir de un sitio como este.
Junto al lago, una corte de masajistas asiáticas se ofreció a relajar a nuestra pareja, que desistió amablemente. Las asiáticas, lejos de enfadarse, lo entendieron y calmaron sus ansias altruistas dando un relajante masaje de pies al pobre cartero que minutos antes había dado la buena nueva a la viejecita del puesto de golosinas.
Se acercaron al agua y observaron que, por alguna extraña razón, aquella noche, a alguien se le había ocurrido cambiar el agua, normalmente sucia, por agua del mar Caribe, tan sumamente clara que el fondo se distinguía nítidamente. Los patos, locos de contentos, organizaron un show de natación sincronizada que hizo las delicias de los niños. Durante esa misma noche, en aquel lago, había surgido un coral de colores tan llamativos y alegres que un autista que por allí pasaba pensando en sus cosas, decidió que era el momento de compartir a voz en grito con los demás los pensamientos que por tanto tiempo había guardado para sí mismo. La gente, desde entonces, se congregaba a su alrededor y le oía durante horas y siempre aplaudía a rabiar a cada arrebato de entusiasmo del orador.
Nuestros amigos bajaron todo el retiro hasta llegar a la estación de atocha. Por primera vez en años, los trenes llegaron a su hora y se fueron con puntualidad inglesa. Por primera vez en años, todos los viajeros tenían su asiento, no había manos largas ni en bolsos ni en traseros ajenos.
Subiendo por la calle Atocha, en un conocido sex-shop, los propietarios salieron a regalar a la pareja un lote surtido. De la tienda de guitarras, salió el luthier a regalar al caballero una guitarra española, con sus iniciales grabadas y con un sonido que enamoraba.
El caballero se sentó en un banco cercano y afinó la guitarra mientras la dama le miraba dulcemente. Poco a poco, acorde tras acorde, el caballero fue haciendo sonar la guitarra de una forma que nunca antes se había oído por aquel lugar. La composición, improvisada por supuesto, iba dedicada a la dama, cuyos ojos se humedecieron con el simple sonido del primer arpegio.
Cuando su caballero comenzó a cantar, los pájaros silenciaron su canto y poblaron las ramas de los árboles cercanos. Muchas parejas que por allí andaban sintieron renovado su amor de forma automática.
Nuestra dama, oyendo las palabras a ella dedicaba, no dejaba de sorprenderse con cada palabra y de cómo enlazaba con la siguiente. Las rimas se concatenaban de una forma tan ingeniosa que nuestra amiga pasaba de la incipiente lágrima a la más deliciosa de las sonrisas en cuestión de segundos. Era su canción y oírla salir de los labios que le habían hecho pasar la mejor noche de su vida le hizo sentirse afortunada.
La canción, aun sin ser perfecta, se grabó a fuego en el corazón de todos los que la escucharon y durante muchos años se preguntaron por qué no habían acabado por escucharla en radio o televisión.